jueves, 14 de mayo de 2015

Errores intelectuales en el populismo IV

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Hoy finalizamos la reflexiones de la serie [I], [II] y [III] sobre los errores intelectuales en el populismo, analizando el mensaje del 10 de abril de 2015 con ocasión de la VII Cumbre de las Américas. En dicho foro, el secretario de Estado del Vaticano, Pietro Parolin, dio lectura a un mensaje enviado por el Papa Francisco I en donde se volvían a defender las ideas comunes del populismo, insuflando aliento espiritual a la perpetuación en el poder de los líderes corruptos y las instituciones deterioradas en los países de América, ya sea en forma de partitocracias ya sea en forma de dictaduras, que son el principal problema que impide el desarrollo económico de los países pobres.
 
Así, por ejemplo, es un error grave insinuar que el progreso de unos países se construye sobre el sacrificio de otros o que para poder vivir hay que luchar contra los demás:
 
«Me siento en sintonía con el tema elegido para esta Cumbre: «Prosperidad con equidad: el desafío de la cooperación en las Américas». Estoy convencido –y así lo expresé en la exhortación apostólica Evangelii gaudium– de que la inequidad, la injusta distribución de las riquezas y de los recursos, es fuente de conflictos y de violencia entre los pueblos, porque supone que el progreso de unos se construye sobre el necesario sacrificio de otros y que, para poder vivir dignamente, hay que luchar contra los demás (cf. 52, 54). El bienestar así logrado es injusto en su raíz y atenta contra la dignidad de las personas. Hay «bienes básicos», como la tierra, el trabajo y la casa, y «servicios públicos», como la salud, la educación, la seguridad, el medio ambiente…, de los que ningún ser humano debería quedar excluido» (Francisco I, Mensaje del 10/04/2015, VII Cumbre de las Américas).
 
1) Marco institucional deteriorado
 
Karl Popper en la obra La sociedad abierta y sus enemigos, explicaba la importancia del arraigo de valores morales, políticos y económicos en favor de una sociedad abierta y señalaba cómo, cuanto más abierto sea el marco institucional, mayores serán las libertades y la riqueza de los ciudadanos.
 
Sin duda, entre los fundamentos institucionales de una sociedad abierta se encuentran la elección libre de los representantes públicos, la separación de poderes, la justicia independiente, la prensa libre de ataduras políticas, el cumplimiento de la ley, la seguridad jurídica en los contratos, el castigo ejemplar de la corrupción...
 
Es decir, el desarrollo de los países ricos tiene una relación directa con la existencia de sociedades más abiertas que brillan por su ausencia en los países pobres con instituciones más cerradas y, por tanto, con políticos más endogámicos y corruptos.
 
 
2) Discursos populistas
 
Los discursos del Papá Francisco I se pueden definir como «populistas» porque intentan conectar con el pueblo, defendiendo los conceptos utópicos de las ideológicas colectivistas y mostrando tibieza frente a los políticos intervencionistas.
 
En teoría, se supone que el obispo de Roma debería ser el principal referente cristiano católico en la búsqueda de la felicidad en el Cielo mediante la defensa de la escala de valores fijos e inmutables que son propios del cristianismo, abstractos y universales, como los derechos a la vida, la libertad, la propiedad y la igualdad de trato ante la ley pero, también, otras instituciones como la familia, la religión, la empresa, la banca, el dinero o el comercio.
 
Sin embargo, en la práctica, Jorge Bergoglio parece preferir la defensa de la búsqueda de la felicidad en la Tierra con una escala de valores relativos y variables, sociales y colectivistas como los supuestos derechos al trabajo, la tierra, la casa... que son intervenidos por la casta política de cada país y por el Estado Minotauro al que rinden un culto secular, como si fuese el nuevo becerro de oro al que adorar para que provea los bienes «sociales» que «guíen» a la humanidad hacia la felicidad, en lugar de confiar en las personas, en las familias, en las pequeñas y medianas empresas y en los intercambios libres que caracterizan el orden de mercado.
     
Esperemos que, en algún momento, el Estado del Vaticano comience a insistir con vehemencia en los derechos individuales, porque generan una sociedad civilizada, abierta y libre, creando los incentivos positivos en el orden de mercado y generando las transacciones que impulsan la riqueza de las naciones; aumentando los bienes y servicios que posibilitan el trabajo, la tierra, la casa... que no son derechos («sociales») sino que son las consecuencias tangibles de los procesos de creatividad y coordinación de la «acción humana» ejercida en libertad en una sociedad civilizada, abierta y libre.
 
 
3) Problema del populismo religioso
 
El problema del populismo religioso de Francisco I es que proporciona una pátina de soporte moral y transigencia con la inmoralidad de los dictadores que, como Raúl Castro o Nicolás Maduro, siguen robando y oprimiendo a sus pueblos.
 
Recientemente, el diario Libertad Digital ha publicado un listado de las 20 mayores fortunas acumuladas por sátrapas que se enriquecen por medio de la opresión de los derechos civiles y la libertad en sus países. Así, por ejemplo, se señala como Adolf Hitler llegó a acumular una fortuna que actualizada alcanzaría un importe de 4.000 millones de Euros. También se indica como la fortuna de Fidel Castro podría alcanzar los 800 millones de Euros y como Hugo Chávez alcanzó los 900 millones de Euros.







Por estos motivos, se echan en falta en los discursos de Jorge Bergoglio el abandono de un discurso políticamente correcto que peca por caer en el buenismo intelectual (que sirve como coartada al consenso socialdemócrata) y, especialmente, se echan de menos la valentía y el coraje de denunciar con contundencia y reiteración los encarcelamientos, los asesinatos y los robos que ejercen los déspotas sobre la población, la ausencia de libertades, el aplastamiento de los derechos civiles o el deterioro de las instituciones democráticas en los países pobres, cuando son gobernados con mano férrea por dictadores o, también, cuando son desgobernados por élites corruptas que deterioran las instituciones democráticas y constituyen oligarquías extractivas de la riqueza y destructivas del orden político.
 
Hay que resaltar que el comercio internacional y el esfuerzo en libertad de cientos de miles de empresarios y trabajadores proporcionan la riqueza a las naciones pero, para promoverlos, es necesario mejorar el Marco Institucional de los países pobres que es la única vía que existe para transitar hacia sociedades abiertas con libertades y seguridad jurídica que es cómo llegan las inversiones y el desarrollo económico.
 
Queda muy bien solicitar la “distribución equitativa” de los bienes de la Tierra y disertar en genérico sobre “injustas desigualdades que ofenden a la dignidad de las personas” pero, sin embargo, sería más valiente y ejemplarizante denunciar las tropelías de los déspotas y explicar las causas institucionales de ésas desigualdades, exhortando también a los dirigentes de los países para que trabajen en pos de arraigar las instituciones de la democracia por medio de libertades (política, sindical, religiosa, periodística...), elecciones libres, separación de poderes, independencia judicial, seguridad jurídica...
 
«Todavía hoy sigue habiendo injustas desigualdades, que ofenden a la dignidad de las personas. El gran reto de nuestro mundo es la globalización de la solidaridad y la fraternidad en lugar de la globalización de la discriminación y la indiferencia y, mientras no se logre una distribución equitativa de la riqueza, no se resolverán los males de nuestra sociedad (cf. Evangelii gaudium 202)» (Francisco I, Mensaje del 10/04/2015, VII Cumbre de las Américas).
Sin embargo, el principal peligro de los discursos populistas cuando se predican desde los púlpitos de las iglesias para conseguir el “paraíso en la Tierra” en lugar de el “paraíso en el Cielo” es que consiguen que muchos feligreses asimilen como conceptos de fe, lo que no dejan de ser errores económicos, de modo que pueden llegar a pensar ingenuamente que la solución a los problemas terrenales es echarse en las manos de oligarquías extractivas de los recursos públicos y destructivas del orden político existente como Pablo Iglesias, Alexis Tsipras, Marie Le Pen... en lugar de buscar líderes inclusivos e integradores que evolucionen las instituciones hacia una sociedad civilizada, abierta y libre.
 
«No podemos negar que muchos países han experimentado un fuerte desarrollo económico en los últimos años, pero no es menos cierto que otros siguen postrados en la pobreza. Además, en las economías emergentes, gran parte de la población no se ha beneficiado del progreso económico general, sino que frecuentemente se ha abierto una brecha mayor entre ricos y pobres. La teoría del «goteo» o «derrame» (cf. Evangelii gaudium 54) se ha revelado falaz: no es suficiente esperar que los pobres recojan las migajas que caen de la mesa de los ricos. Son necesarias acciones directas en pro de los más desfavorecidos, cuya atención, como la de los más pequeños en el seno de una familia, debería ser prioritaria para los gobernantes. La Iglesia siempre ha defendido la «promoción de las personas concretas» (Centesimus annus, 46), atendiendo sus necesidades y ofreciéndoles posibilidades de desarrollo...» (Francisco I, Mensaje del 10/04/2015, VII Cumbre de las Américas).
Los discursos populistas son siempre utópicos y propios de un cuento de hadas para niños o de una obra como Alicia en el País de las Maravillas para adultos que adoran la distorsión de la realidad del mundo. Ahora bien, no deja de sorprender la idiocia de muchos pseudo-intelectuales que achacan siempre la desigualdad y la pobreza de los países bien a agentes externos, como las instituciones financieras internacionales y los países ricos, bien a conceptos abstractos que no aciertan bien a comprender como los mercados, el capital y a los empresarios. La fatal arrogancia hace que muchos profesionales de la novela, el teatro, el cine, la filosofía o la religión se atrevan a sentar cátedra en cuestiones económicas que no alcanzan a entender.
 
 
4) Versión posmoderna de la Teología de "liberación"
 
Los mensajes del populismo religioso siguen la senda marcada por el discurso victimista que se inventó en los años 60 y 70 del siglo XX por el régimen comunista de la antigua URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas) como base ideológica de la teología de la liberación inventada para destruir desde dentro la Iglesia católica y para impulsar un discurso político "colectivista" de "revolución" y de "lucha de clases" para promover una supuesta liberación que parecen necesitar los pobres y "oprimidos" para redistribir la riqueza en lugar de buscarla mediante el trabajo, el mérito, el esfuerzo y la empresarialidad.
 
 
 
De hecho, el populismo religioso es una versión posmoderna de la teología de la liberación que pretende que los mandatos coactivos gobiernen la sociedad para redistribuir la riqueza hacia donde planifiquen las oligarquías extractrivas y destructivas, obviando el teorema de la imposibilidad de cálculo económico en el socialismo.
 
Se enfrentaban entonces y se enfrentan hoy, la ideología del marxismo leninismo, como religión secular de culto al Estado Leviatán, que sirve a las oligarquías para imponer un poder absoluto sobre una población, frente a la religión tradicional del cristianismo católico.

El enfrentamiento entre las ideas colectivistas y la moral cristiana se produce debido a que el cristianismo defiende un êthos común que está basado en el respeto estricto por los derechos individuales a la vida, a la libertad, a la propiedad y a la igualdad de trato ante la ley de los ciudadanos frente al poder político, que constituyen instituciones morales que incordian y disgustan a los sátrapas enemigos del orden del mercado, porque les impide conseguir un poder totalitario sobre la población.
 
Lamentablemente, las ideas platónicas que defiende en sus discursos el obispo de Roma sirven como bases dialécticas de los partidos políticos populistas (Podemos, Syriza, Frente Nacional, Movimiento Cinco Estrellas...) que aplican el sempiterno decalogo revolucionario para llegar al poder, engañando a la población para movilizarla contra el sistema político establecido mediante conceptos genéricos propios del populismo como, entre otros: la desigualdad de la riqueza, la injusticia social, la corrupción, la burocracia, la voracidad de las multinacionales, el dinero, los especuladores, las transgresiones a los derechos humanos, el racismo... y, obviamente, todo culpa siempre de los países ricos, los inversores, los empresarios...
Por las importantes razones que hemos expuesto, esperemos que el Espíritu Santo ilumine los mensajes y las obras del Papa Francisco I durante los próximos años para que se guarde bien el êthos común propio de la tradición cristiana que se sustenta en el amor a Díos y en el amor al prójimo como a uno mismo y, como consecuencia de ello, en la protección de los derechos individuales a la vida, la libertad, la propiedad y la igualdad de trato ante la ley, de los ciudadanos frente al poder político, tal y como defendían Thomas de Aquino, la Escuela de Salamanca y el eminente escolástico Juan de Mariana.
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